Mostrando entradas con la etiqueta Vanidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vanidad. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de diciembre de 2009

Por qué Cociente Intelectual y no Coeficiente Intelectual


Uno de los errores más comunes es la confusión de términos que popularmente se creen como correctos a base de mucho repetirse en los medios de comunicación, las conversaciones desinformadas y la constante repetición por todos los que en algún momento no tenemos ni tiempo ni ganas de contrastar de dónde salen las cosas. Uno de los ejemplos más claros es la disyuntiva entre Coeficiente y Cociente Intelectual y su solución lógica además de simple, es aplastante.

El término coeficiente intelectual, refiriéndose a la capacidad intelectual de un individuo. Este término a pesar de que (en general) se utiliza mucho es erroneo. Explicar y entender porque es cociente intelectual y no coeficiente intelectual es muy sencillo: el cociente intelectual es el propio cociente que se obtiene a partir de la división de la edad mental entre la edad cronológica; posteriormente el resultado de dicha división se multiplica por cien para evitar los decimales. Es decir que el dividendo (la parte que se divide), es la edad mental, mientras que el divisor ( la parte que divide), es la edad cronológica; por último, el cociente de esta división es el cociente intelectual que más tarde se multiplicará por cien para así obtener el número que designa el grado de inteligencia de un sujeto ( y de paso eliminar los decimales del cociente de dicha división si este los tuviese); el resto no se tiene en cuenta para nada.

Resumiendo: la cifra que indica la inteligencia de una persona se llama cociente intelectual por el lugar que ocupa al dividir la edad mental entre la edad cronológica no por otra razón.

Si quieres averiguar una orientación de tu cociente intelectual, haz este test. Es orientativo, pero sirve. Al acabar, pulsa CALCULAR CI sin rellenar nada. Saldrá automáticamente. ¿Os atreveis a averiguarlo?

martes, 1 de septiembre de 2009

La soledad del éxito


Era más de media noche cuando entraba en el lujoso portal del edificio sacudiéndose el agua que aún se mantenía ingrávida en su gabardina. Mientras caminaba con paso firme la dobló y la recogió en su brazo derecho con en un elegante gesto. Sin cruzarse con nadie, subió al ascensor tan sumido en sus pensamientos que cuando se quiso dar cuenta, se habían abierto las puertas y estaba frente al pasillo que conducía a su apartamento. Aún le pitaba en los oídos alguna nota de jazz con la que hacía muy poco, se habían deleitado en su pub favorito -entre whiskeys-, la soledad y él mismo.


Introdujo la llave en la cerradura y giró la muñeca. Con gran sigilo se adentró en el recibidor sin encender ni una sola luz. Caminó despacio por el interior del inmueble que conocía perfectamente, pues había pasado tantas noches de trabajo en él, que ya se había acostumbrado a moverse a oscuras sin mirar siquiera donde pisaba. Tiró su ropa de abrigo en la butaca y de pie, se situó detrás de la mesa de su despacho. Apoyó su mano izquierda en el gélido cristal del amplio ventanal. Abarcaba todo el ancho de la habitación. Por él, resbalaban las gotas de lluvia formando una especie de cortina líquida que difuminaba los lejanos resplandores de la ciudad. La escasa y tenue luz de luna que entraba desde el exterior, daba a la estancia un contraste de claros y sombras que la teñían en una gama de grises diversos, haciéndola aún más fría y solitaria. También se reflejaba en su rostro, de barba incipiente, endureciendo de una forma notable sus rasgos.



Después de permanecer unos minutos inmóvil en aquella foto en blanco y negro, aflojó el nudo de su corbata con la otra mano. Siempre distinguido, nunca lo hubiera hecho en público. Testigo mudo desde la privilegiada atalaya que era una planta 97, aquellos destellos intermitentes y silenciosos de la ciudad parecían contar historias anónimas, de las que era fácil imaginar su argumento. Historias como la suya. Discurrían entre avenidas vacías, locales de jazz, hoteles de lujosa etiqueta y rascacielos residenciales donde las oscuras siluetas de sus inquilinos se movían yendo y viniendo constantemente de una estancia a otra. En la calle, centelleantes luces azules de coches de policía, con su sirena inaudible se diluían en la distancia. Zigzagueaban por la fluida circulación de colorido encontrado, en uno y otro sentido.



En medio de aquella postal de caótico movimiento luminoso e imperturbable silencio melancólico, apostado en la cima del éxito, sabía que lo tenía todo, pero le faltaba alguien con quien compartirlo. En ese momento, se sintió vacío, solo y con su mirada abstraída, se preguntó dónde estaría ella.

miércoles, 22 de abril de 2009

No me gusta Sexo en NY


Con la imagen ficticia que proyectan en esta serie de las mujeres, estereotipadas al máximo, nos quieren hacer creer que de esta ficción exagerada se puede sacar una realidad. O al menos unos visos. Una mentira por mucho que la repitas jamás será una verdad, aunque el olvido, el camuflaje de los recuerdos vagos y los despropósitos intencionados de la parte interesada, la cubran un poco. Pero no desaparece.

Si les soy sincero, la he visto pocas veces, pero las suficientes como para quedarme con la idea que transmiten al espectador medio, que como yo, cruza con su zapping 30 canales y da con esta serie cuando no hay nada mejor. Rara vez.

Considero que las protagonistas no pueden estar más vilipendiadas con su rol. Se supone que es una serie para mujeres e imagino por el punto de vista femenino que la rodea, estará creada, dirigida o escrita por mujeres o al menos participada por ellas en su mayoría. Es decir, el papel de la mujer en el producto final es esencial y determinante. De hecho, tiene un enorme éxito entre las féminas. Con ello pretendo disipar mis dudas a cerca de la autoría de la saga, para aseverar lo siguiente: a parte de superficial, me parece del todo machista. Machista porque la posición de la mujer aunque narre en primera persona sus aventuras, venturas y desventuras, al final, siempre es accesoria.

Me gustaría saber cuantos milisegundos tardarían las feministas misándricas en saltar a la yugular de una cadena televisiva que hiciera una serie tomando como protagonistas a un grupo de yuppies snobs y cachondos que se dedican a la dolce vita mientras buscan sin encontrar a una mujer ideal que satisfaga todos sus anhelos de pareja perfecta. Durante años.

Con una idea de independencia social, emancipación laboral y más o menos éxito en cada una de las parcelas que desarrollan las protagonistas, todas diferentes y estudiadas para lograr una identificación con el público lo más amplia posible, -el objetivo se cumple en unas fans al verse reflejadas y en otras por sentirse en el deseo de llegar a ser así- en lo meramente sentimental, que es el verdadero motor de la serie, la mujer aparece como fracasada y siempre frustrada en la búsqueda del amor idílico.

La superficialidad se representa a traves del consumismo compulsivo, snobismos, situaciones inverosímiles, estilismos imposibles y alternes en locales de lujo muy dificiles de repetir -si es que alguna vez uno se lo puede permitir- en los que naufragan una y otra vez las desdichas amorosas. "El éxito que he logrado como mujer, no lo encuentro en el amor", parecen decir. Tal vez porque la perspectiva no es la adecuada. Siguen culpando a los hombres de su desgracia, de no comprender su maravillosa naturaleza, pero más bien producen en el espectador imparcial, el efecto contrario. Esa visión siempre derrotista, hace que muchas veces ellas mismas se pongan en el plano de ser un mero accesorio que no conjunta bien con aquel hombre que parecía todo un caballero. Si partimos de la base de que nadie es perfecto, -empezando por ellas-, la búsqueda de las 4 jinetes del glamour parece inútil.

No están para muchas exigencias, en especial S.J. Parker.

Se destruye sistemáticamente la figura del hombre para no ver que el fallo, tal vez, sea creer que existe una perfección en las relaciones emocionales a la que por mala fortuna o casualidad desdichada nunca logran acceder -aunque pienso que con un poco de flexibilidad se puede ser feliz, "incluso en pareja"-, o quizás sea un pretexto a modo de coraza para no reconocer que el error reside en uno/a mismo/a. Los clichés son enemigos de la realidad y en esta serie, los topicazos aderezados con banalidades no dejan de ser una muestra misma de lo vacía que es.

Como no me creo que la base sea la crítica a este tipo de sociedad de principios supérfluos, cuestiono la idoneidad de reconocer un espejo donde mirarse en cada capítulo. El peligro será entonces para quien se tome como ejemplo la escala de valores que se intentan transmitir aquí. Primero porque ciertos lujos están al alcance de muy pocos y segundo porque la frustración de no encontrar ese paradigma de felicidad carísima (sexo opuesto incluído) sólo puede llevar a la desesperación. Esa es la sensación que mejor transmite la serie. Desesperación vestida de marca.